Mágica historia de amor entre las estrellas y el mar.


Hace ya bastante tiempo reprodujimos un poema de Alejandra Pizarnik, La poeta que hoy ya mora con las estrellas. Lo guardamos como oro en paño en los anaqueles de nuestra biblioteca poética del agua.

Alejandra (nacida Flora), nos trajo entonces su poema dedicado a la oscuridad del agua. A esa agua amarga que lame las heridas del fracaso amoroso. En él, acompañaba al dolor vehemente y a la absoluta desesperación, al silencio  y a la desolación. Porque el agua a veces también es oscura.

“Las palabras no hacen el amor, hacen la ausencia. Si digo agua, ¿beberé?«

Y bebimos con Alejandra en la oscuridad del agua. Hoy nos hemos inspirado en otro poema suyo para componer el nuestro. En su desagarrada visión nocturna, la noche se astillaba de estrellas en un mundo sin lágrimas. Sufría, también, la noche.

Nos emocionó la alusión a la noche astillada por los luceros. Rota en mil fragmentos como un hueso después de un accidente. Y al mirar el mar en el conticinio, nos dimos cuenta que esas estrellas se comían a besos el agua del mar.

Ese fue el inicio del poema que hoy traemos, tras una noche serena primaveral disfrutada entre la visión del mar y la de las estrellas.

Agua serena, noche plácida y estrellas rutilantes en el cielo que se reflejaban, rotas de luces en el agua.En Entonces la noche no sufrió. Como Alejandra, que en su noche eterna se asoma al mar desde las estrellas donde mora feliz.

Estrella

Lorenzo Correa

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